Hommages

LLANTO POR UN HOMBRE SINCERO

Al rayar el alba de este 4 de noviembre de 2015, o sea tres semanas después de tu partida, desperté y me eché a llorar. Tenía unas ganas apremiantes de estar en Quillan, en la esquina de la Calle Mayor y de la Alameda, a eso de las seis de la manana.
Entonces, Mamá Augusta preparaba su escaparate. Todo había de quedar reluciente.

Al umbral de la tienda le decíamos « el confesionario », por ser el lugar donde cada uno podía contar sus penas y cuidados. Allí conocí a tu familia por primera vez.

Para Pentecostés del 63, acabábamos de reanudar nuestra relación en París. Me anunciaste, ufano, que eras catedrático titular en el Instituto Voltaire (distrito once, en París). Al lado tuyo, me parecía que yo era poca cosa. Había tenido un percance de salud que me había mantenido lejos de la Universidad, durante dos años. Se me ocurrió que tú, en semejante caso, habrías aprovechado la convalecencia para ampliar tus conocimientos, y yo no había dado golpe. No reparaste en mis escrúpulos, y tan pronto como acepté de compartir tu camino, me llevaste adonde era la fuente para ti : a tu familia.

Al entrar en la tienda, tu madre me dijo una cosa que recogí como una herencia : « Aquí, Denise, somos una familia de jabalíes. » En seguida sentí la nobleza del propósito. Gente de ánimo, valiente, solitaria a pesar de las apariencias, y dispuesta a defender a su prole hasta el límite ! Una señera divisa ! La voz de esas personas vibraba en la tuya.

El primer año de casados, no trabajé sino que preparé oposiciones. Con la vergüenza de vivir a cuestas de mi esposo, sólo recuerdo haber empollado como una fiera, y al año siguiente, estaba de pràcticas de CAPES en una clase de tu amigo Mondoux. Luego conseguimos cada cual un puesto en Argel, tú como asistente de Marcilly y yo en un instituto. Ponía todos mis cuidados en Manuel, nuestro primogénito, nacido en París en 1964. Me lo llevaba en una canasta, con solamente dos semanas de edad al llegar a Argel.

Salir para una Argelia recién independiente no era una apuesta tan disparatada como parece, vista desde hoy. Además, habías encontrado un piso vecino de un dispensario de monjitas. Los tres nos hicimos amigos de la Hermana Solange, a quien iba a menudo a pedir consejos.
La acogida fue excelente. Marcilly decía : « Este pueblo es admirable ». Eso coincidía con tus opiniones. Un día puntualizaste : « Quiero ser de izquierdas »… pero con puntos suspensivos. Eramos reacios a la idea de comprometernos en un partido político. Y eso que tú, con tus dotes de orador y tu facilidad para convencer, tenías la tentación de hacerlo. En Argel hemos congeniado con gente maja, recuerdo conversaciones entusiastas con colegas. Los primeros tiempos de la Independencia eran tiempos de todos los posibles. Tus mejores amigos de entonces, el jesuita Paul Devillard, con otro, un hermano lego muy joven, se quedaron definitivamente.

Volvimos a Francia en julio de 1966, después de nacer nuestro segundo hijo, Luis, en diciembre de 1965. Fuimos destinados a Montpellier : tú, profesor de Facultad bajo la dirección del Profesor Flekniakoska, y yo primero a la « Escuela Normal », y luego a la Facultad de asistente. Agnès nació en el 69 y Guilhem en el 75.

El exceso de trabajo, eso, y nada más que eso, nos impidió que comunicáramos con alma y espíritu y no sólo con los cuerpos. Eso nada más nos separó, en una tarde del 89.
Al echar la vista atrás, me parece que caíamos en nuestra propia trampa. No nos quedaba ni un momento para estar ociosos un rato, disfrutando juntos de cosas de nada. No teníamos esa clase de sabrosa complicidad. A eso hay que anadir el carácter empeñado y apasionado de Luis.

Crecieron los hijos. Despiertos, y por lo mismo, traviesos. Luis se enfurecía. Y si yo trataba de explicar al « delincuente » que era muy capaz de portarse mejor, contestaba con un terminante : « ́Qué débil eres !!! »

Entonces, se enamoraron Agnès y Thierry. Fue un rayo de pura felicidad.
Vamos a visitar a los padres, a fines de una tarde de invierno. Ellos nos cuentan su vida, con muchas ocupaciones por cierto (la imprenta de un diario no para de día ni de noche), pero con algunas diversiones compartidas, y sobre todo, intercambio entre generaciones. De vuelta a casa, dice Luis : «¿Cómo es que no seamos tan felices como ellos ? » Vuelvo a mi idea, digamos, de tolerancia. Entonces me dispara una mirada asesina y dice : « Si de verdad piensas eso, ya no tenemos nada en común ». No di mi brazo a torcer. Sí, lo había dicho en serio. Así fue cómo nos separamos. De no marcharme, ya no existía como persona capaz de opinar.

Años mas tarde – veintisiete años juntos, veintisiete años separados – en el bautismo de Tonio, Luis me dijo : « Ya he entendido lo que me dijiste aquel día ». Tardé en recuperarme de la sorpresa. Cuando comprendí la hondura de lo que afirmaba, ya se habían marchado todos.

Luis, ¿existe el azar ? Años después, la enfermedad, un cáncer que te roía los huesos, te obligó a quedarte en Francia. Primero en casa de Guillermo, luego, en casa de Agnès, donde me reuní con vosotros. Agnès y tú, hablasteis como nunca antes. ¿Por qué tan tarde ?

Tomabas remedios que, según el médico, eran capaces no de curar, sino de detener el mal, proporcionando a la persona unos años de tranquilidad. La esperanza no llegó a durar la semana completa. Un día, de mañanita, quisiste levantarte y te derrumbaste. No pudimos levantarte del suelo y llamamos a Thierry. Lo tomaste a broma diciendo : “Pierdo el equilibrio, pero no pierdo el babarot”. Esta palabra sacada de la infancia me conmovió mucho. Me retrotraía a nuestros primeros momentos, a casa de tus padres.

Luis, tenías el don de la palabra, la ejercitaste con tino, la dejaste impresa en tus publicaciones, nos la daste como ejemplo.
Si me lees, desde donde estés, confío en que estás de acuerdo.

(Apunta un lector amigo que « el babarot », es « el juicio » en catalán y en occitán)
Denise CARDAILLAC

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