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La música estaba en los grillos y en su imaginación.

Cierta vez una casa pequeñita cubierta por una enredadera provocó una historia entrañable que me animo a contar. Me explicó que ahí vivía un músico que daba clases de piano. Su madre quiso que aprendiera a tocar aquel instrumento, pero de aquellas clases la única música que de él surgió fue la de un coro de grillos.

Antes de llegar a la casa del maestro, sus amigos y él iban a un vasto terreno baldío, donde después se construyó la estación del ferrocarril. Para sacar a los grillos que se escondían bajo la tierra, los traviesos niños metían unas pajitas por los agujeros de los nidos y, cuando la medida no tenía efecto, orinaban los agujeros. “¡Claro está ­me dijo sonriendo los pobres grillos salían corriendo!”.

Como a Louis se le hacía tarde para llegar a la clase de piano, se le ocurrió meter unos grillos debajo de su boina. “Sabes, sentía cómo sus papitas se enredaban en mi cabello y me hacían cosquillas, y cuando el maestro empezó a tocar, los grillos, muy entonados, comenzaron a cantar”.

No sé si el incidente provocaría el enojo de su madre que se percató del poco provecho que sacaba su hijo de las clases de piano. En su larga vida Louis nunca aprendió a tocar instrumento alguno, pues, para hablar con la verdad, no tenía ningún sentido musical. Poco afinado, rara vez lo escuché cantar, y cuando alguna vez lo obligué a bailar conmigo, se limitaba a hacer doblar las piernas en el mismo lugar. La música estaba en los grillos y en su imaginación.

Araceli Campos